Por que hay cosas que, a pesar de todo, no cambian.
Aunque tengas la sensación de que el mundo gira en el sentido contrario, porque hagas lo que hagas nada parece funcionar, el sol siempre saldrá por el Este.
En los 31 de diciembre de cada año, donde las chicas se preocupan por qué vestido llevar y lucir, las hormigas volverán a arrastrar la misma hoja de siempre, hacia su queridísimo hormiguero.
En esos momentos en que el mundo se desmorona cuando el amor desaparece o traiciona, la hierba seguirá creciendo, sea buena o mala.
Cuando entre beso y caricia el tiempo se congela con un calor irrepetible, las nubes siguen viajando empujadas por un viento incesante; el mismo que mueve, impensadamente, las aspas de un molino que gira y gira aunque un enamorado concentre toda su vida en mirar a su amada dormida entre cojines blancos.
La lluvia te mojará igual lleves vaqueros o un vestido de Gucci, le da igual, es así.
Cuando un hombre elije entre rojo carmín y rojo carmesí en el pintalabios que piensa regalarle a su hermana pequeña, en ese momento de duda, las olas seguirán golpeando y moldeando las rocas de ese acantilado sobre el cual, quizás, algún día, se sentará un escritor frustrado a escribir y escribir hasta gastar ese bolígrafo y ese montón de hojas que, consiga la fama o no, seguirán esperándole sobre su escritorio, testigos de momentos de lágrimas y desilusión.
Porque hay cosas que no podemos controlar, hay cosas en las que pensar, hay cosas que nos pasan, pero también las hay que no cambian nunca.
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