lunes, 20 de febrero de 2012

Piensa en piso


Ésta es la historia de dos vecinas. Dos mujeres muy diferentes viviendo en un mismo bloque de pisos. No se conocían de nada, sólo de simples “hola”, “perdone” o “pase pase”. Esos cortos diálogos eran lo único que unían estas dos mujeres.

Una, Adriana, era joven, guapa y siempre muy arreglada, caminaba siempre a prisa y apretaba tres veces el botón del piso al que se dirigía su ascensor. La otra, Mercedes, superaba los 60, vestía siempre abrigada y se ponía de puntillas para llegar al su quinto piso.
Estas dos vecinas se encontraron (por cuarta vez en ese año) en la puerta del ascensor del rellano. Adriana salía de él y Mercedes esperaba cargada en la puerta, con ganas de llegar a casa. La joven, al sorprenderse por su vecina al salir del ascensor y aún más por su carga, decidió desocuparlo y aguantar la puerta para que pudieran entrar todas esas bolsas (y la vecina también). Mercedes, sorprendida y agradecida, dijo: “Oh muchas gracias joven, muy amable”. Y así fue como dos vecinas desconocidas añadieron una frase más a sus diálogos diarios y siguieron con sus vidas, una para arriba y otra para abajo.

Mercedes, aún en el ascensor, sonreía con satisfacción pensando que esa joven era especialmente simpática. Era segura su buena educación y los padres no podían ser menos. Seguro que se trataba de una familia unida y tolerante, con buenos modales y amabilidad. Ese momento hizo sonreír a Mercedes durante todo el día.
Adriana, ya en la calle, se imaginaba qué tipo de señora era la del ascensor: “Esa mujer iba cargada de bolsas con ropa, jabones y comida carísima. Seguro que vive del sueldo de su marido (mucho más joven que ella) y con sus pensiones, se permite estos lujos. Bah, odio a las mujeres así”
Y con sus pensamientos acompañándolas hasta la puerta de cada una, siguieron con su vida con una frase más en los diálogos cotidianos. Lo que no sabían era cuan equivocadas estaban.

Ésto pasó hace casi cuatro meses y sus vidas han cambiado: Adriana se recupera de la operación de cambio de sexo a la que se había sometido. En una clínica ilegal. Con el dinero ganado por barrer las calles noche tras noche. Adriana siempre había sido una niña que no quería que le creciera el bigote. Y no preguntes a sus padres, dirán que no la conocen.
Mercedes está contenta porque su marido está, al menos, estable. Durante el último año no ha permitido que su amor, paralítico por un derrame cerebral, se quede sin su baño diario con su jabón preferido que, desgraciadamente, no es el más barato, pero es el que más le gusta.
A Mercedes le gusta ponerse guapa cada día para su marido, ella sabe que hay que enamorar a los hombres a diario. Y ella quería hacerlo. Antes de dar de desayunar a su marido, cada mañana, se arreglaba y perfumaba para que él la reconociera y la mirara a la cara. A menudo sueña con tener una hija joven, guapa y siempre muy arreglada.

miércoles, 15 de febrero de 2012

San Valentín


A las 14.30 tenia hora en el dermatólogo. Os puedo asegurar que esto es lo menos interesante de la historia. Otra receta evidente, otro remedio imperfecto o sin eficiencia segura. Salgo de la sala y veo que mis compañeros de sala de espera, como mínimo, me superan unos 40 años. No sé qué opinar de ello, supongo que no tiene importancia. Salgo de la consulta y vuelvo a un día precioso con un sol enorme en pleno febrero. Puede que sea porque hoy es san valentín y, como tal, las parejas necesitan un buen tiempo para poder pasear por las calles dando envidia a los solteros o, peor aún, a los viudos. Puede que fuera por eso, o puede que, después de días de frío y nieve isleña, fue el turno del “calor” invernal que invita a salir a dar un paseo. Mierda. A los enamorados también.

Salí y dí una vuelta por las Ramblas, llenas de rosas y claveles de todos los colores envueltos en celofán transparente o con corazones dibujados. Los adolescentes, recién salidos de clase, preguntaban tacaños los precios de las rosas a los vendedores. No entendían que era el peor día del año para comprar una rosa a su novia.

Mientras continuaba por las Ramblas, me acordé del fatídico día en que me robaron la cartera en la estación de autobuses de Alicante. No me acordé por el ladrón, ni por la cartera con todo dentro, me acordé de que ya no tenía carnet de la biblioteca. Pasaba justo por al lado de una y me vino a la mente. Decidí entrar y renovarlo. Después de hacerlo, y con un carnet modernizado (con pinta de Visa), decidí ver qué había en la sección de teatro. He aquí la curiosidad: el único fluorescente que parpadeaba, por algún fallo técnico, era el que intentaba iluminar la sección de teatro. Lo miré durante unos segundos y sonreí triste, o irónica,o no sé. La verdad es que no sé por qué sonreí. No hay motivos.

Agahta Christie. Ese nombre me vino a la cabeza. Esa tarde tuve el antojo de leerme un libro viejo de biblioteca y así lo hice. Y decidí que fuera de Agatha Christie. Alguna obra muy conocida. Y salí con ella metida en mi bolso.

El sol de esa tarde no dejaba irse a casa. Demasiados días encerrados por el frío insoportable.

Me moría por hacer dos cosas: escribir algo, intentando hacer de un san valentín en el dermatólogo algo poético, o quedarme por el barrio antiguo de mi ciudad perdiéndome por sus callejones. Para mi primera opción me faltaba mi cuaderno de “notas”, ese cuaderno que todo... “artista?” lleva en su bolso para los momentos de inspiración repentina. Para la segunda, me faltaba mi querida cámara para retratar la fotosíntesis de las fachadas de ese barrio. No me quedó más remedio que volver a casa. Dirección: parada del autobús.

Llego, seis minutos. Perfecto, me da tiempo para fumarme otro piti. Un señor mayor con cara de pocos amigos y un joven con cascos de música y una rosa envuelta en celofán en su bolsa me acompañaban en la espera. Subo al bus y veo una de las cosas que hacen que tu día entero mejore o empeore: un conductor de autobús agradable.
Supongo que ya veis la opción que he elegido. No he aguantado hasta llegar a casa. Estoy escribiendo en la parte de atrás de la receta.