miércoles, 15 de febrero de 2012

San Valentín


A las 14.30 tenia hora en el dermatólogo. Os puedo asegurar que esto es lo menos interesante de la historia. Otra receta evidente, otro remedio imperfecto o sin eficiencia segura. Salgo de la sala y veo que mis compañeros de sala de espera, como mínimo, me superan unos 40 años. No sé qué opinar de ello, supongo que no tiene importancia. Salgo de la consulta y vuelvo a un día precioso con un sol enorme en pleno febrero. Puede que sea porque hoy es san valentín y, como tal, las parejas necesitan un buen tiempo para poder pasear por las calles dando envidia a los solteros o, peor aún, a los viudos. Puede que fuera por eso, o puede que, después de días de frío y nieve isleña, fue el turno del “calor” invernal que invita a salir a dar un paseo. Mierda. A los enamorados también.

Salí y dí una vuelta por las Ramblas, llenas de rosas y claveles de todos los colores envueltos en celofán transparente o con corazones dibujados. Los adolescentes, recién salidos de clase, preguntaban tacaños los precios de las rosas a los vendedores. No entendían que era el peor día del año para comprar una rosa a su novia.

Mientras continuaba por las Ramblas, me acordé del fatídico día en que me robaron la cartera en la estación de autobuses de Alicante. No me acordé por el ladrón, ni por la cartera con todo dentro, me acordé de que ya no tenía carnet de la biblioteca. Pasaba justo por al lado de una y me vino a la mente. Decidí entrar y renovarlo. Después de hacerlo, y con un carnet modernizado (con pinta de Visa), decidí ver qué había en la sección de teatro. He aquí la curiosidad: el único fluorescente que parpadeaba, por algún fallo técnico, era el que intentaba iluminar la sección de teatro. Lo miré durante unos segundos y sonreí triste, o irónica,o no sé. La verdad es que no sé por qué sonreí. No hay motivos.

Agahta Christie. Ese nombre me vino a la cabeza. Esa tarde tuve el antojo de leerme un libro viejo de biblioteca y así lo hice. Y decidí que fuera de Agatha Christie. Alguna obra muy conocida. Y salí con ella metida en mi bolso.

El sol de esa tarde no dejaba irse a casa. Demasiados días encerrados por el frío insoportable.

Me moría por hacer dos cosas: escribir algo, intentando hacer de un san valentín en el dermatólogo algo poético, o quedarme por el barrio antiguo de mi ciudad perdiéndome por sus callejones. Para mi primera opción me faltaba mi cuaderno de “notas”, ese cuaderno que todo... “artista?” lleva en su bolso para los momentos de inspiración repentina. Para la segunda, me faltaba mi querida cámara para retratar la fotosíntesis de las fachadas de ese barrio. No me quedó más remedio que volver a casa. Dirección: parada del autobús.

Llego, seis minutos. Perfecto, me da tiempo para fumarme otro piti. Un señor mayor con cara de pocos amigos y un joven con cascos de música y una rosa envuelta en celofán en su bolsa me acompañaban en la espera. Subo al bus y veo una de las cosas que hacen que tu día entero mejore o empeore: un conductor de autobús agradable.
Supongo que ya veis la opción que he elegido. No he aguantado hasta llegar a casa. Estoy escribiendo en la parte de atrás de la receta.

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