No m'agrada quan plou. O supòs que no m'agrada estar sola, quan plou. El més graciós de tot és que quan estam tristos, o plou, mai ens posem una música que ens recordi l'escalfor dels rajos de sol, cerquem una música banyada i freda, com la pluja. Avui no vull posar la ràdio.
M'aixeco del llit, per res, però m'aixeco. Ja començo a estar incòmoda de tant estar-hi tombada. Vaig al bany, com cada dematí, com cada persona d'aquest món, curiós si més no. Si tots ens aixequéssim a la mateixa hora i amb el mateix ritme, pixariem tots alhora i, en estirar de les cadenes, buidariem rius, llacs i oceans.
No sé com em poden venir aquestes teories de bon dematí...
Em baixo el pijama i les braguetes. La mentruació, joder... Ja han passat tres setmanes? Començo a pensar si em bastaran els doblers per comprar compreses i tampons; crec que al compte em queden uns sis euros. Quin remei. Una dona sap que està en temps de crisi quan canvia els seus tampons Tampax de sempre, per uns de marca blanca d'aquella. No saps per què, pero no te'n refies. Quin remei.
Em rento les mans amb gel de bany i vaig a la cuina. Odio haver d'encendre els llums de bon dematí a la cuina tenint una finestra tan gran i transparent; tot és culpa de la pluja.
Els plats i coberts bruts em diuen bon dia i em recorden que avui lis toca el seu bany. Primer jo, després vosaltres. Queda un cul de llet, un cul de suc i els culs del pa bimbo. M'encanta berenar de culs. Així van les coses.
A la taula una nota: "He anat a tirar currículums, desitge'm sort!" Sort, amor...
Em faig un tè amb l'aigua de l'aixeta. Microones, bosseta, molt de sucre, i no es nota gaire. Em quedo asseguda a la taula, amb el barnús de franel·la, les cames creuades i dos parells de calcetins ficats dins les bambes d'anar per casa. Les del nadal de l'any passat. Puta pluja, embruta la meva finestra transparent. No ho vull veure més. Me'n vaig a veure el correu.
La meva safata d'entrada està infestada d'ofertes i anuncis. NO TENC DOBLERS per fer-me una manicura a meitat de preu!! Ni tan sols sé si podré tornar a mirar el correu: d'aqui poc, els de l'internet, s'adonaran que no he pagat la darrera factura i... zas! Tanc l'ordenador. Vull un cafè. Vull un cafè o em tornaré a adormir. Qui sap, tal vegada és millor dormir. O no. O jo què sé. Torna ja, amor.
Una dutxa calenta, sí, tant m'és si demà ens quedem fora aigua calenta. Necessito obrir-me els porus i emplenar-los d'energia. El calefactor espenyat ja només decora el bany, el pobre no pot fer res més. I jo tampoc, així que em despullo i, congelada, em quedo mirant al mirall. Mira quines ulleres, els cabells destrossats per la falta de cremes hidratants i de doblers per perruqueries. Som un cos blanc i esquifit. Quin remei.
Em fico a la dutxa ràpidament i sento com el raig d'aigua calent em comença a banyar primer el cap, el coll, l'esquena i els pits, la panxa i finalment baixa per les cames fins escapar per aquell forat tan misteriós i obscur. Em quedaría aquí tota la vida. El món s'atura quan estàs a la dutxa, ben igual com quan ell em besa. Res més no importa; típic i tòpic, però és així. Les persones enamorades m'entendran.
Renou de claus. La porta es tanca. Un "Hola amor! On ets?". Obre la porta del bany, jo trec el cap pel costat de la cortina de la dutxa, banyada i congelada, amagant les meves llàgrimes entre les gotes d'aigua. Ell em mira, sense dir res, es despulla lentament i entra amb mi per disfrutar de l'escalfor de l'aigua. Em mira de ben a prop, m'abraça i ens banyem tot dos sota aquell raig d'aigua tan petit. Poso el cap sobre el seu pit: el seu cor encara batega. Per tot dos. Què més importa? Estic a la dutxa amb ell i tot desapareix. El mir, em poso de puntetes, ens besem
i tot d .
sábado, 28 de enero de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
El hielo? En la nevera.
Aquel vasito de leche calentita siempre me iba bien antes de ir a dormir. Lo tuve que calentar en el fuego porque el microondas se había roto (mi padre había metido un bote de Nutella dentro sin haber rasgado del todo la etiqueta dorada que la tapa). El fuego calentaba la olla lentamente y, cuando empezaron a despertar las burbujas, revolucionando la blanca superficie, apagué el fuego y vertí la leche en mi tacita de Buggs Bunny. Me bebí toda la leche casi sin respirar. Ésta empezó a prepararme, calentándome por dentro, para el calor que me daría la cama por fuera. Este ritual nocturno era lo mejor del día. Mis padres estaban mirando la televisión y, cuando lo hacían, se enfadaban mucho si les interrumpía para darles las buenas noches. Así que subí las escaleras, cerré la puerta de mi habitación y me metí en la cama.
Por fin en la cama. Cerré los ojos un segundo, y al abrirlos me vi deslumbrado por una especie de focos muy potentes que volvieron locas mis pupilas e hicieron que me costara ver bien lo que me rodeaba. Al pasar unos segundos me di cuenta que estaba rodeado de una serie de personas, pero no eran personas normales, no eran del tipo de personas de las que estoy acostumbrado a ver... eran tres, tres cuerpos muy diferentes: había un señor bajito y redondito, con el pelo negro y recogido en una cola de caballo, con las cejas muy pobladas y un bigote muy extraño... al principio no supe qué era lo extraño de aquel bigote, pero luego me di cuenta que una especie de chinchetas permitían que se quedase agarrado a la cara de aquel domador de circo. El uniforme era claramente de domador, los había visto en mis cuentos. Éste estaba acompañado de dos señoras: una muy muy delgada que llevaba un traje de baño azul con toques de lentejuelas y con un bombín muy pequeño que llevaba sobre la oreja derecha aguantado por un elástico amarillo. Tenia los ojos muy grandes, con bolsas debajo de éstos y el resto de la cara lleno de arrugas. La segunda mujer era una señora muy gorda y con una barba digna de un leñador canadiense de 58 años. Tenia dos pecas en la mejilla derecha y la cabeza llena de rulos rosas y verdes. Iba vestida con un vestido que parecía más una bata de andar por casa, pero creo que era un vestido: aún le colgaba la etiqueta de las rebajas.
Los tres me estuvieron mirando extrañados durante un rato; fue entonces cuando me dí cuenta, aunque al principio me pareciera que el extrañado debería haber sido yo, que era normal que me miraran así de asustados porque había aparecido en la pista de su circo, que por cierto, estaba vacía y sin público. Estaban cerrando la carpa. Habían acabado el espectáculo hacia una hora y estaban dejándolo todo listo para la actuación del día siguiente. No digo que fuera fácil hacerse a la idea de estar en ese lugar tan extraño, pero os diré que acabaron invitándome a cenar con ellos. Cenamos espaguetis boloñesa (hechas por la señora del bombín, que era de Nápoles) en una caravana de las veinticuatro que tenían. Me explicaron de dónde venían y hacia dónde iban (una historia muy larga de contar) y finalmente me invitaron a participar en el espectáculo del día siguiente. Yo, obviamente, acepté.
A la mañana siguiente, tuvimos el único ensayo del día para que yo pudiera conocer al resto de artistas y animales. Durante éste, vi al hipopótamo que cambiaba las cuerdas de una guitarra para tocar tres veces el acorde de Sol mayor. También conocí al koala del jersey beige (con un eucalipto bordado) y, finalmente, a mi compañera de número: la jirafa que patinaba sobre hielo. Era una jirafa que se había dedicado durante mucho tiempo a la práctica del patinaje y era la mejor en su especie, pero tenía un gran defecto: su memoria le fallaba. Sólo podía acordarse de las coreografías que hacía sobre el hielo, el frío de éste le ayudaba y recordaba lo que debía hacer; pero era en el momento de acabar su número en el que los domadores tenían un problema: la jirafa no se acordaba de por dónde debía salir y siempre tardaba tanto que el público acababa yéndose a su casa. Y sí, yo era el encargado de acompañarla a la salida después de su número. El ensayo fue exitoso: aprendí a subir sobre ella (trepando por su piernas y su cuerpo- todo esto enseñado por el mono que comía chicles de frambuesa) y a guiarla hasta la salida y a su caravana (que tenía más de 50 caravanas de alto).
Al llegar la noche, mi noche de estreno, todos los números fueron espectaculares: los pingüinos gemelos tocaban una sonata de Bartók a cuatro alas, la gallina que pintaba cuadros paisajistas con su corta cola y muchos otros más. Mi números, bueno, nuestro número, era el último. Bernarda, que así se llamaba la jirafa, hizo un espectáculo espléndido, con triples Axels y dobles Lutz que había practicado durante meses. Finalmente, yo subí como debía sobre ella para acompañarla a la puerta de salida y algo fue mal: la jirafa saludó al público (esa parte no la practicamos durante el ensayo) y, para ello, bajó la cabeza hacia el suelo. Yo no pude evitarlo y patiné por su cuello como si de un tobogán de tratara. Solo sé que esos dos cuernos, tan cerca de mi entrepierna no me gustaron nada, pero justo cuando estaba a punto de...
Me despertó el susto de aquel saludo. Eran las 7.55, cinco minutos antes de que sonara mi despertador. Cómo odio cuando me pasa eso. Me quedé en la cama durante cinco minutos más, no sé si por el hecho de pensar y recordar mi sueño, o por el mero hecho de revolucionarme contra la vida y levantarme a la hora que toca (el despertador). Me puse las zapatillas de andar por casa (las viejas de mi padre) y bajé a la cocina a comer mis cereales de siempre. Pero no fue así. Bajando las escaleras empecé a notar ya un extraño olor que me recordaba algo, y no sabía el qué, un olor dulce y cálido que resultó venir de unas tortitas que me había preparado mi madre para desayunar! Con chocolate y con mermelada fueron las cuatro que zampé esa mañana. Mi madre me había hecho un bocadillo de jamón y queso y un zumo de los buenos, los de marca, como los de mis amigos, para merendar en el colegio. Después me acompañó hasta la parada del bus y se despidió diciéndome que un buen regalo me esperaba esa tarde (sí, era mi cumpleaños).
Mi padre vino a buscarme al colegio: fue uno de los momentos más felices de la vida. Mi padre siempre trabaja hasta muy tarde, pero aquel día se había pedido libre para poder venirme a buscar al colegio; él sabía que a mi me hacía mucha ilusión, ya que nunca lo hacia. Llegamos a casa y mi madre nos había hecho mi plato preferido: albóndigas con brócoli. Y de postre: helado de vainilla! Luego me dijeron que podía elegir entre ir al cine los tres o ir al parque de atracciones antes de cenar, pero antes querían darme mi regalo de cumpleaños. Trajeron una caja enorme con un gran lazo azul. Era un regalo precioso, como los de las pelis de la tele. Los miré: los dos estaban abrazados, mirándome con amor y con unas sonrisas de oreja a oreja. Miré el regalo, era un poco difícil de abrir, pero al hacerlo...me despertó un fuerte golpe en la parte derecha de mi cabeza, me había dado un poco en la oreja también. Mi padre me despertaba porque me había vuelto a dormir: el despertador no había sonado a las 8.00.
Bajé y me encontré los mismos cereales de siempre, esperándome. No había leche en la nevera, así que tuve que comérmelos solos, ya estaba acostumbrado. Mi madre hacía ya dos horas que estaba trabajando y mi padre me gritó desde la otra habitación que le trajera una cerveza de la nevera. Se la llevé y se me llenaron los pulmones de humo gris sólo de entrar en nuestro salón. Me dijo que ni se me ocurriera llegar tarde del colegio, que no le gustaba esperarme para comer; supongo que es normal: a nadie le gusta comer la comida fría. Salí hacia la parada del autobús. Hacía muchísimo frío, si me hubiera encontrado un pingüino por la calle, no me hubiera extrañado nada. Llegué a la parada, el autobús, como siempre, llegaba tarde. Otra reñida de la señorita. Miraba la rapidez de las ruedas de los coches cuando pasaban por delante mio cuando, de repente, vi como cuatro de esas miles de ruedas se quedaron paradas delante mía. Alcé los ojos y vi la caravana del señor domador y a él mismo en persona al mando de ella. Me abrió la puerta de copiloto y me hizo una seña con la cabeza para que subiera.
No me imaginaba que estaría tan alto el primer escalón...
miércoles, 4 de enero de 2012
Quins nassos...
Això era i no era, un home que es posava tanta colònia per anar a fer feina, que cada pic que surtia de casa seva, deixava el replà tan banyat que els veïns no aturaven de relliscar-hi.
Un dia, la presidenta de la comunitat (la senyora Edwild, que vivia amb 4 moixos al seu piset de 72 metres quadrats) va decidir convocar una reunió extraordinària per tal de poder parlar del tema amb els seus veïns i trobar-hi una solució. La va convocar el dilluns a les 16.27 de l'horabaixa, perquè sabia que els senyors Puggin sempre arribaven 3 minuts tard a tots els llocs, i així podrien començar la reunió puntualment a les 16.30.
Durant aquesta, es proposaren milers de propostes, bé, milers no perquè tampoc eren tants de veïns, però sí un bon grapat. Les germanes Triffon, que vivien al 2n A, van proposar de cobrir de moqueta tot el replà, per tal que almenys hi hagués alguna cosa que filtrés el líquid. El senyor Huggans, un senyor de 95 anys, però que encara caminava sense problemes i estudiava la carrera de Ciències Naturals, va proposar construir un caminet de tovallola des de la porta del Senyor Perfumat fins la porta de sortida. Els senyors Kremplin, un matrimoni molt avar i oportunista, van decidir que podríen instal·lar un sistema de deshumidificadors per tal de destil·lar l'aroma i poder fer una còpia exacta del perfum, tot això, clar, en benefici comú de la comunitat. El senyor Prondinni, lladre de guant blanc de professió, va oferir-se per, simplement, robar totes les colònies d'aquella casa; però el Senyor Perfumat no era precisament pobre, i podria comprar-se totes les colònies que volgués. Van surtir idees com comprar katiuskas grogues per tothom, o comprar al Senyor Perfumat unes sabates amb mopa a les soles per tal que reculli la seva pròpia deixalla, o augmentar els impostos d'aquells veïns que superéssin un nivell concret de consum de colònia... però res d'això va ser votat per majoria ni acceptat per tothom.
Un dia de febrer, la senyora Edwild es va enterar "sense voler" que el Senyor Perfumat havia estat abandonat per la seva dona, la qual no soportava la pudor d'excés de colònia que cada dia desprenia el seu marit. Ell va quedar molt trist i solet a casa seva i va deixar de posar-se colònia. Els veïns, en un principi, es van alegrar molt i van estar satisfets que el problema de la colònia s'hagués resolt per ell mateix.
Però no va ser fins un parell de dies després, que el replà va començar a fer una pudor terrible, inaguantable, era una mescla entre mostassa alemana i floridura marina. Ja no feia aquella oloreta fresca de tulipans amb sucre en pols. El Senyor Perfumat ja no ambientava el replà amb l'essència d'aquella colònia que, per molt que banyés el terra, la seva bona oloreta era indiscutible.
Així que es va fer una altra reunió extraordinària i es va decidir regalar al pobre Senyor Perfumat el nou invent del senyor Iklens (científic inventor de calefació per aquaris de peixos tropicals): un perfum en pols; un perfum d'essència de préssecs caribenys amb dosificador inclòs, que permet aplicar-s'hi una quantitat determinada al dia, i no més. El Senyor Perfumat va estar molt content pel regal dels seus veïns i va tornar la bona oloreta al replà d'aquell edifici.
Hem de concloure dient que en breu va aconseguir reconquistar la seva dona, que va tornar a casa seva i, en nou mesos i mig, van tenir una filleta que l'anomenaren Amèlia Sucrès.
Un dia, la presidenta de la comunitat (la senyora Edwild, que vivia amb 4 moixos al seu piset de 72 metres quadrats) va decidir convocar una reunió extraordinària per tal de poder parlar del tema amb els seus veïns i trobar-hi una solució. La va convocar el dilluns a les 16.27 de l'horabaixa, perquè sabia que els senyors Puggin sempre arribaven 3 minuts tard a tots els llocs, i així podrien començar la reunió puntualment a les 16.30.
Durant aquesta, es proposaren milers de propostes, bé, milers no perquè tampoc eren tants de veïns, però sí un bon grapat. Les germanes Triffon, que vivien al 2n A, van proposar de cobrir de moqueta tot el replà, per tal que almenys hi hagués alguna cosa que filtrés el líquid. El senyor Huggans, un senyor de 95 anys, però que encara caminava sense problemes i estudiava la carrera de Ciències Naturals, va proposar construir un caminet de tovallola des de la porta del Senyor Perfumat fins la porta de sortida. Els senyors Kremplin, un matrimoni molt avar i oportunista, van decidir que podríen instal·lar un sistema de deshumidificadors per tal de destil·lar l'aroma i poder fer una còpia exacta del perfum, tot això, clar, en benefici comú de la comunitat. El senyor Prondinni, lladre de guant blanc de professió, va oferir-se per, simplement, robar totes les colònies d'aquella casa; però el Senyor Perfumat no era precisament pobre, i podria comprar-se totes les colònies que volgués. Van surtir idees com comprar katiuskas grogues per tothom, o comprar al Senyor Perfumat unes sabates amb mopa a les soles per tal que reculli la seva pròpia deixalla, o augmentar els impostos d'aquells veïns que superéssin un nivell concret de consum de colònia... però res d'això va ser votat per majoria ni acceptat per tothom.
Un dia de febrer, la senyora Edwild es va enterar "sense voler" que el Senyor Perfumat havia estat abandonat per la seva dona, la qual no soportava la pudor d'excés de colònia que cada dia desprenia el seu marit. Ell va quedar molt trist i solet a casa seva i va deixar de posar-se colònia. Els veïns, en un principi, es van alegrar molt i van estar satisfets que el problema de la colònia s'hagués resolt per ell mateix.
Però no va ser fins un parell de dies després, que el replà va començar a fer una pudor terrible, inaguantable, era una mescla entre mostassa alemana i floridura marina. Ja no feia aquella oloreta fresca de tulipans amb sucre en pols. El Senyor Perfumat ja no ambientava el replà amb l'essència d'aquella colònia que, per molt que banyés el terra, la seva bona oloreta era indiscutible.
Així que es va fer una altra reunió extraordinària i es va decidir regalar al pobre Senyor Perfumat el nou invent del senyor Iklens (científic inventor de calefació per aquaris de peixos tropicals): un perfum en pols; un perfum d'essència de préssecs caribenys amb dosificador inclòs, que permet aplicar-s'hi una quantitat determinada al dia, i no més. El Senyor Perfumat va estar molt content pel regal dels seus veïns i va tornar la bona oloreta al replà d'aquell edifici.
Hem de concloure dient que en breu va aconseguir reconquistar la seva dona, que va tornar a casa seva i, en nou mesos i mig, van tenir una filleta que l'anomenaren Amèlia Sucrès.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)