sábado, 21 de enero de 2012

El hielo? En la nevera.

Aquel vasito de leche calentita siempre me iba bien antes de ir a dormir. Lo tuve que calentar en el fuego porque el microondas se había roto (mi padre había metido un bote de Nutella dentro sin haber rasgado del todo la etiqueta dorada que la tapa). El fuego calentaba la olla lentamente y, cuando empezaron a despertar las burbujas, revolucionando la blanca superficie, apagué el fuego y vertí la leche en mi tacita de Buggs Bunny. Me bebí toda la leche casi sin respirar. Ésta empezó a prepararme, calentándome por dentro, para el calor que me daría la cama por fuera. Este ritual nocturno era lo mejor del día. Mis padres estaban mirando la televisión y, cuando lo hacían, se enfadaban mucho si les interrumpía para darles las buenas noches. Así que subí las escaleras, cerré la puerta de mi habitación y me metí en la cama.
Por fin en la cama. Cerré los ojos un segundo, y al abrirlos me vi deslumbrado por una especie de focos muy potentes que volvieron locas mis pupilas e hicieron que me costara ver bien lo que me rodeaba. Al pasar unos segundos me di cuenta que estaba rodeado de una serie de personas, pero no eran personas normales, no eran del tipo de personas de las que estoy acostumbrado a ver... eran tres, tres cuerpos muy diferentes: había un señor bajito y redondito, con el pelo negro y recogido en una cola de caballo, con las cejas muy pobladas y un bigote muy extraño... al principio no supe qué era lo extraño de aquel bigote, pero luego me di cuenta que una especie de chinchetas permitían que se quedase agarrado a la cara de aquel domador de circo. El uniforme era claramente de domador, los había visto en mis cuentos. Éste estaba acompañado de dos señoras: una muy muy delgada que llevaba un traje de baño azul con toques de lentejuelas y con un bombín muy pequeño que llevaba sobre la oreja derecha aguantado por un elástico amarillo. Tenia los ojos muy grandes, con bolsas debajo de éstos y el resto de la cara lleno de arrugas. La segunda mujer era una señora muy gorda y con una barba digna de un leñador canadiense de 58 años. Tenia dos pecas en la mejilla derecha y la cabeza llena de rulos rosas y verdes. Iba vestida con un vestido que parecía más una bata de andar por casa, pero creo que era un vestido: aún le colgaba la etiqueta de las rebajas.
Los tres me estuvieron mirando extrañados durante un rato; fue entonces cuando me dí cuenta, aunque al principio me pareciera que el extrañado debería haber sido yo, que era normal que me miraran así de asustados porque había aparecido en la pista de su circo, que por cierto, estaba vacía y sin público. Estaban cerrando la carpa. Habían acabado el espectáculo hacia una hora y estaban dejándolo todo listo para la actuación del día siguiente. No digo que fuera fácil hacerse a la idea de estar en ese lugar tan extraño, pero os diré que acabaron invitándome a cenar con ellos. Cenamos espaguetis boloñesa (hechas por la señora del bombín, que era de Nápoles) en una caravana de las veinticuatro que tenían. Me explicaron de dónde venían y hacia dónde iban (una historia muy larga de contar) y finalmente me invitaron a participar en el espectáculo del día siguiente. Yo, obviamente, acepté.



A la mañana siguiente, tuvimos el único ensayo del día para que yo pudiera conocer al resto de artistas y animales. Durante éste, vi al hipopótamo que cambiaba las cuerdas de una guitarra para tocar tres veces el acorde de Sol mayor. También conocí al koala del jersey beige (con un eucalipto bordado) y, finalmente, a mi compañera de número: la jirafa que patinaba sobre hielo. Era una jirafa que se había dedicado durante mucho tiempo a la práctica del patinaje y era la mejor en su especie, pero tenía un gran defecto: su memoria le fallaba. Sólo podía acordarse de las coreografías que hacía sobre el hielo, el frío de éste le ayudaba y recordaba lo que debía hacer; pero era en el momento de acabar su número en el que los domadores tenían un problema: la jirafa no se acordaba de por dónde debía salir y siempre tardaba tanto que el público acababa yéndose a su casa. Y sí, yo era el encargado de acompañarla a la salida después de su número. El ensayo fue exitoso: aprendí a subir sobre ella (trepando por su piernas y su cuerpo- todo esto enseñado por el mono que comía chicles de frambuesa) y a guiarla hasta la salida y a su caravana (que tenía más de 50 caravanas de alto).


Al llegar la noche, mi noche de estreno, todos los números fueron espectaculares: los pingüinos gemelos tocaban una sonata de Bartók a cuatro alas, la gallina que pintaba cuadros paisajistas con su corta cola y muchos otros más. Mi números, bueno, nuestro número, era el último. Bernarda, que así se llamaba la jirafa, hizo un espectáculo espléndido, con triples Axels y dobles Lutz que había practicado durante meses. Finalmente, yo subí como debía sobre ella para acompañarla a la puerta de salida y algo fue mal: la jirafa saludó al público (esa parte no la practicamos durante el ensayo) y, para ello, bajó la cabeza hacia el suelo. Yo no pude evitarlo y patiné por su cuello como si de un tobogán de tratara. Solo sé que esos dos cuernos, tan cerca de mi entrepierna no me gustaron nada, pero justo cuando estaba a punto de...
Me despertó el susto de aquel saludo. Eran las 7.55, cinco minutos antes de que sonara mi despertador. Cómo odio cuando me pasa eso. Me quedé en la cama durante cinco minutos más, no sé si por el hecho de pensar y recordar mi sueño, o por el mero hecho de revolucionarme contra la vida y levantarme a la hora que toca (el despertador). Me puse las zapatillas de andar por casa (las viejas de mi padre) y bajé a la cocina a comer mis cereales de siempre. Pero no fue así. Bajando las escaleras empecé a notar ya un extraño olor que me recordaba algo, y no sabía el qué, un olor dulce y cálido que resultó venir de unas tortitas que me había preparado mi madre para desayunar! Con chocolate y con mermelada fueron las cuatro que zampé esa mañana. Mi madre me había hecho un bocadillo de jamón y queso y un zumo de los buenos, los de marca, como los de mis amigos, para merendar en el colegio. Después me acompañó hasta la parada del bus y se despidió diciéndome que un buen regalo me esperaba esa tarde (sí, era mi cumpleaños).
Mi padre vino a buscarme al colegio: fue uno de los momentos más felices de la vida. Mi padre siempre trabaja hasta muy tarde, pero aquel día se había pedido libre para poder venirme a buscar al colegio; él sabía que a mi me hacía mucha ilusión, ya que nunca lo hacia. Llegamos a casa y mi madre nos había hecho mi plato preferido: albóndigas con brócoli. Y de postre: helado de vainilla! Luego me dijeron que podía elegir entre ir al cine los tres o ir al parque de atracciones antes de cenar, pero antes querían darme mi regalo de cumpleaños. Trajeron una caja enorme con un gran lazo azul. Era un regalo precioso, como los de las pelis de la tele. Los miré: los dos estaban abrazados, mirándome con amor y con unas sonrisas de oreja a oreja. Miré el regalo, era un poco difícil de abrir, pero al hacerlo...me despertó un fuerte golpe en la parte derecha de mi cabeza, me había dado un poco en la oreja también. Mi padre me despertaba porque me había vuelto a dormir: el despertador no había sonado a las 8.00.
Bajé y me encontré los mismos cereales de siempre, esperándome. No había leche en la nevera, así que tuve que comérmelos solos, ya estaba acostumbrado. Mi madre hacía ya dos horas que estaba trabajando y mi padre me gritó desde la otra habitación que le trajera una cerveza de la nevera. Se la llevé y se me llenaron los pulmones de humo gris sólo de entrar en nuestro salón. Me dijo que ni se me ocurriera llegar tarde del colegio, que no le gustaba esperarme para comer; supongo que es normal: a nadie le gusta comer la comida fría. Salí hacia la parada del autobús. Hacía muchísimo frío, si me hubiera encontrado un pingüino por la calle, no me hubiera extrañado nada. Llegué a la parada, el autobús, como siempre, llegaba tarde. Otra reñida de la señorita. Miraba la rapidez de las ruedas de los coches cuando pasaban por delante mio cuando, de repente, vi como cuatro de esas miles de ruedas se quedaron paradas delante mía. Alcé los ojos y vi la caravana del señor domador y a él mismo en persona al mando de ella. Me abrió la puerta de copiloto y me hizo una seña con la cabeza para que subiera.
No me imaginaba que estaría tan alto el primer escalón...

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