sábado, 14 de abril de 2012

Molts d'anys babciu!!

Érase una vez una abuelita que vivía en un bosque. Vivía con su hija, que se pasaba los días tocando el violín a todas horas, y con su nieta, que no paraba de hablar sola en la ducha y en su habitación.
Era casi mitad de abril, cuando la abuelita se encontraba en la cocina preparando una buena tarta de requesón para celebrar su cumpleaños del día siguiente. Mientras amasaba la mezcla con sus fuertes manos, miró por la ventana y vio algo nuevo...
En esos meses habían informado por las noticias que, por problemas climáticos, los caracoles estaban en peligro de extinción. Ella los conocía muy bien: había estudiado biología y su último trabajo lo dedicó a los caracoles. A toda su vida entera.
Por la ventana, podía ver a los científicos y biólogos que investigaban a estos animales en su hábitat natural. Intentaban descubrir una posible estrategia de reproducción para volver a la vida a éstos. El bosque era el lugar perfecto.
Triste, la abuelita volvió la cabeza y miró cómo la masa cambiaba de forma y se escondía entre sus dedos. Pero, entonces, descubrió que esa mañana no estaba completamente sola en la cocina...
Un pequeño caracol, perdido y alejado de los suyos, la miraba desde abajo con ojos asustados. Intentaba huir de ese caracol tan grande que le miraba desde el cielo. Pero no podía. Tenía una enfermedad llamada glentamina seleria que no le permitía producir la baba para desplazarse. Estaba seco y paralizado. La abuelita supo identificar la enfermedad en un instante y tuvo una brillante idea...
Cogió un trozo de mantequilla, que usaba para la masa, y untó la mesa, justo al lado del caracol. Éste, dirigió sus ojitos hacia la mantequilla untada y se acercó como pudo. Justo al pisar la superficie mojada, el caracol empezó a patinar y a moverse de arriba a bajo sin ningún problema. Entonces, agradecido, se acercó a la abuela y rozó su concha con el dedo pequeño de su mano derecha.
Ese fue el momento cuando se conocieron y se hicieron totalmente inseparables. Mi abuela empezó a hacer tartas de requesón todos los días con ayuda del pequeño caracol. Éste había patinado tanto que había aprendido a hacerlo muy muy deprisa y, gracias a esto, podía traerle cosas de la nevera a la “cocinera”. Cada tarta se la regalaban a los biólogos y científicos que trabajaban frente a su casa cada mañana. Siempre a la misma hora con un par de buenos cafés.

Todo empezó un día en que mi abuela hacía su propia tarta de cumpleaños. Una tarta de requesón buenísima y con muchos admiradores. A mi me gusta mucho, pero sin pasas. Yo solo espero soplar muchas velas más a su lado.
Es la mejor abuela del mundo.

[Basada en personas reales]

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